Mariana Sández

El día Mariana Sández escuchó a su corazón

Mariana Sández escuchó el estertor agónico de un avestruz y se asustó. ¿Por qué sabía reconocer el estertor agónico de un avestruz? ¿Qué sabía ella de avestruces? Nada. Y no es que fuera una mujer que vivía de espaldas a la realidad, no, simplemente que era escritora y gestora cultural y nunca había necesitado aprender cómo era el estertor agónico de un avestruz o de cualquier otro animal.

– Aaaaaahr -oyó.

Si, eso era un estertor… sin duda… y de un avestruz.

Un momento, un momento, necesito una pausa. ¿Me estás diciendo que Mariana Sández estaba más asustada de haber reconocido el grito de una avestruz que del grito mismo? ¿No le preocupan los seres vivos que sufren, sólo la sorpresa de reconocerlo? ¿Acaso no tiene corazón?

Ya lo creo que lo tiene, uno enorme, de un kilo trescientos gramos, que late mucho cuando está asustado y ahora latía muchísimo.

Acababa de levantarse. Sin pijama. Menuda manera de empezar el día.

Por el tono acerbo y desesperado y la modulación rota y inarmónica, podía adivinar que el agónico estertor era de una hembra, que estaba embarazada y que alguien o algo la estaba estrangulando. ¿Por qué de repente era una experta en avestruces? Nunca había visto un avestruz en su vida, ni siquiera en el zoo. Para ella era un animal tan fantástico como un hipogrifo. Y, sin embargo, no dejaba de escuchar aquella desesperada voz animal y reconocer todo su sufrimiento.

– ¡Qué es esto! – exclamó en alto o hubiese exclamado en alto si fuese de ese tipo de personas que exclaman solas cuando oyen un estertor agónico de avestruz, pero no lo era.

Exacto. No lo exclamó, pero lo pensó. ¿Pensar es exclamar en silencio? ¡Y yo qué sé!

La escritora vivía en la octava planta del famoso edificio Enchild, en Buenos Aires, en el apacible barrio de Puerto Madero. Cómo era posible que pudiese escuchar el bramido de un avestruz. Sólo se le ocurrió una respuesta, alguien en aquel bloque de pisos estaba ahogando al animal. La clarividencia de aquella suposición la tiró de espaldas. Cayó sobre su sillón de pensar, un viejo tresillo que su padre le había regalado tras visitar Marrakesh.

Aún recordaba ese día.

– ¡Me has comprado un tresillo en Marrakesh! -exclamó a su padre.

– Estaba cansado y pensé en ti -le contestó.

– Y cómo has traído este armatoste desde tan lejos -preguntó Mariana Sández.

– Poco a poco. Cuando me cansaba, me sentaba en el tresillo y ponía los pies en la butaca pequeña y ya está. En el puerto de Tánger me subí al Mallorca y pasé tres maravillosas semanas sentado en el tresillo en la cubierta del barco viendo las olas y los delfines y las estrellas. Los tripulantes me llamaban el hombre del tresillo. Yo les decía que era un regalo para mi hija. Ellos se reían, como si fuese un regalo estúpido. No hay regalos estúpidos, cariño, sólo personas estúpidas que hacen regalos. La estupidez es una cualidad humana, no de los regalos, y ya sabes que yo no soy estúpido. Es imposible, por tanto, que haga regalos estúpidos.

Echaba tanto de menos a su padre.

– Aaaaaghjr -volvió a oír.

Sentada en aquel tresillo descubrió que el grito no podía salir más allá de unos 10 metros de distancia. El volumen era bajo, pero bien definido y no desaparecía hasta que las ondas del estertor parecían traspasar el edificio y perderse en la inmensidad. Esto equivalía a un diámetro de tres plantas. Si cada planta de su bloque de pisos constaba de cinco apartamentos, la búsqueda del avestruz en peligro se limitaba a 15 puerta. No podía perder más tiempo, tenía que salvar a aquella pobre bestia y descubrir al verdadero animal que la estaba estrangulando.

Se levantó del tresillo convencida de que aquel mueble era lo mejor que tenía en su apartamento. Le encantaba pensar y llegar a conclusiones y acertar siempre. El tresillo lo formaban un sofá y dos butacas de menor tamaño, todas revestidas con un forro de moaré de Belice que parecía fortalecer el espíritu e inspirar hazañas. ¿Cómo sabía que el moaré era de Belice? ¿Cómo sabía que era moaré? ¿Qué coño era moaré? Mariana Sández lo sabía perfectamente, ¿por qué? Tela que en su tintado final se le da un efecto de aguas. En Belice hacen el moaré más hermoso del mundo con una seda de esas que ni Alessandro Baricco sabría describir. En Manitoba hacen el segundo moaré más maravilloso del mundo, pero ni mucho menos tiene la elegancia del de Belice. En Córdoba, Argentina, estaría el tercero. ¿Importaba? No.

– Aaaaaghrr -volvió a oír con total claridad.

¡Basta! No podía despistarse ahora con todo lo que sabía sobre él moaré. Tenía que encontrar a esa criatura que sufría. A veces el conocimiento es una carga. Entonces se preguntó, si no supiese lo que es un estertor agónico de avestruz, ¿lo hubiese oído? No, hubiese pasado desapercibido, sin ningún signo de dolor, de amenaza o desesperación. Sólo un quejido aséptico sin historia ni profundidad. El conocimiento no es una carga o al menos no siempre. El conocimiento es la creación de sentido, la invención de sentido, nunca el reconocimiento o el descifrar de sentido. E iba a empezar a filosofar sobre el tema, pero ¡no!, no tenía tiempo.

-¡Basta! -gritó, o hubiese gritado si fuese una de esas personas que gritan cuando se despistan de lo que están haciendo por culpa de sus profundos pensamientos.

¡Mierda! Todo la despistaba de lo fundamental, encontrar aquella avestruz y salvarle la vida.

Salió corriendo del piso, pero regresó en seguida al ver que había salido en bragas. No iba a salvar la vida de un avestruz en bragas, no era tan heroica. Tengo que empezar a dormir con pijama, se dijo. Se colocó rápido unos pantalones de chándal y se marchó primero a los pisos de abajo. Llamó al séptimo primera. No sabía quién vivía allí. No sabía si era demasiado tarde. Lo único que sabía es que ya no oía nada y eso le hacía esperar lo peor.

Un hombre de unos treinta años abrió la puerta. Mariana Sández intentó mirar el interior del piso, pero era un hombre grande y no pudo. Sólo parecía que le hubiese impresionado su torso viril y primitivo. Ojalá le hubiese abierto el avestruz, pensó, pero sabía que no lo iba a tener tan fácil.

– Perdone, señor, alguien está estrangulando a un avestruz en este edificio. Ha visto u oído algo -preguntó Mariana Sández.

Nunca imaginó que diría algo así a otra persona. Pero lo había hecho. La vida es sorprendente.

Al compartir su ansiedad con aquel desconocido convirtió aquel incidente en real. No es que dudase de lo que había oído, sabía a ciencia cierta que eran un estertor agónico de un avestruz, pero presentarlo a los demás era certificarlo y amplificarlo y otorgarle realidad. Es importante dotar de realidad a nuestras circunstancias o sino todos vivimos encerrados en nuestras propias locuras y nada tiene valor. Sin embargo, ahora se sentía más responsable de aquel avestruz que nunca. Ahora se sentía como si fuese una mala madre y su hija avestruz estuviese a punto de morir por culpa de su abandono. Tenía que encontrarlo o los demonios de la culpa la perseguirían por el resto de sus días.

– Buenos días… perdón… no entiendo… ¿Ha dicho que un vecino está estrangulando a un avestruz? -preguntó el hombre, que no tenía problemas de sordera, sólo que no era el tipo de cosas que una mujer te pregunta cuando le abres la puerta de tu casa. Sólo quería estar seguro.

– Sí, es lo que he dicho, por favor, ¿ha oído algo? -contestó Mariana Sández lacónica.

El hombre era el filósofo Carlos Javier González Serrano, que por un segundo pensó si «estertor agónico de avestruz» no significaba realmente «eres un hombre inteligente, íntegro y extremadamente guapo». A veces el lenguaje tiene estas cosas y hay que saber leer entre líneas. Miró a Mariana Sández. No parecía el tipo de mujer que lo sabe todo de avestruces. Y luego pensó, ¿por qué? ¿Por qué no tenía aspecto de saber mucho de avestruces? La respuesta era sencilla y se avergonzó de pensar estas cosas. ¿Por qué tenía en la cabeza que una mujer que supiese todo de avestruces tenía que parecerse a una avestruz? Era ridículo. Era como si una mujer que supiese todo de poesía tuviese que tener cara de libro de poemas. No, eso no tenía sentido.

– ¿Quiere pasar y ver si juntos la encontramos por aquí? -preguntó Carlos Javier González Serrano galante.

– No, no. Un avestruz es bastante grande, si estuviese aquí lo sabría. Por el grito, la que busco mide dos metros y treinta centímetros y proviene de Mauritania. Tendrá unos tres años. No tengo tiempo que perder.

Carlos Javier González Serrano la miró asombrado. Sí que sabía mucho de avestruces. Al menos ahora sabía qué pinta tenían las mujeres que sabían un montón de avestruces y no tenía que conjeturar. Vaya, no tenía ni idea que las mujeres que saben mucho de avestruces son guapas con mirada inteligente. Mira que pensar que se tenían que parecer a un avestruz, se dijo y se rio. ¿Por qué él no sabía nada de avestruces? No tendría buena conversación si iban a hablar de ese tema y eso le reventaba por dentro.

La miró de nuevo y por un segundo pensó si aquello del avestruz sólo era un pretexto. Pensó si al decir «lo que busco mide dos metros y treinta centímetros y proviene de Mauritania» no sería más que un eufemismo para hablar de un pene. No, había dicho «la que busco» no «lo que busco», así que no había confusión posible.

La vio marcharse corriendo. Adiós, encantado de conocerla, señorita, gritó y volvió a entrar en casa. Una pena, parecía una persona agradable con la que tomar un té bien caliente y hablar hasta el atardecer de avestruces.

Mariana Sández y las 14 puertas

Mariana Sández llegó al séptimo segunda pensando que eran demasiados pisos, que si iba llamando uno a uno y estaba en el último, nunca llegaría a tiempo. Sin embargo, a pesar de la evidencia, no sabía que otra cosa hacer. «Dónde está mi tresillo de Marrakesh cuando lo necesitas», se dijo. Estaba en su apartamento, eso lo sabía, no se había vuelto loca, pero no podía volver y perder más tiempo.

Llamó al timbre y una mujer con un enorme pendiente de aro que le llegaba hasta el suelo abrió la puerta. Parecía que arrastrase con la cabeza su propia bicicleta de 1870.

– Sí, qué quiere -dijo aquella mujer a la defensiva, como si temiese que aquella mujer en chándal al otro lado de la puerta quisiese venderla algo o timarla de algún modo.

– ¿Sabe algo de una avestruz? ¿La ha visto? -preguntó Mariana Sández desesperada.

La mujer la miró con cierto resquemor. Así que ahora empezaban así los timos, te hablaban de avestruces, tú les dejabas entrar para ver si tenías alguno en casa y aprovechaban tu despiste para robarte el bolso o lo que fuera. MMMMm, no, a ella no la tomaban el pelo, y cerró la puerta de golpe.

– Váyase. A mí no me engaña con los avestruces. Ya me engañaron una vez con las cucarachas -gritó al otro lado de la puerta y puso el ojo en la mirilla para ver lo que hacía Mariana Sández.

– Aaaaahj -oyó.

No, no venía de ese apartamento, no venía ni siquiera de esa planta. Era más arriba y se marchó.

La mujer se sentó en su oreja con el pendiente y aprendió a ir en monociclo por un apartamento que no tenía ningún mueble. Se parecía un montón a la poeta Asunción Escribano.

– El gozo ya me busca, anunciándose despierto por algas
[y paredes.
Agonizando sudarios, anunciando el fuego,
avanzando el olvido más sediento. Avisando el silencio
[que se escarcha
como ave de hielo y de rapiña, que quisiera hacer nido
[en mi costado -recitó aquella mujer.

Mariana Sández la escuchó mientras subía apresurada por las escaleras. Reconoció el poema al instante. ¿Desde cuándo era una experta en poesía española del siglo XXI? El poema era precioso, ¿hablaba de un avestruz? No, claro que no, era uno de los versos de Asunción Escribano, la mejor poeta de su generación, inspiración y milagro para tantos lectores de poesía contemporánea. Mariana Sández adoraba libros como “El canto bajo el hielo” o “Acorde”. Es curioso que una mujer con un pendiente enorme que se parecía a Asunción Escribano recitase los versos precisamente de Asunción Escribano. Las casualidades a veces son mágicas. Aunque todo el mundo debería leer su poesía, no sólo las personas que se pareciesen a ella, por el amor de Dios.

La poesía es… no, basta, ahora no, ahora sólo hay que pensar en el avestruz.

Maldita sea, Mariana Sández, concéntrate.

A veces, el dolor nos impide ver las maravillas que nos rodean. Mariana Sández, preocupada por el estertor agónico del avestruz no pudo prestar atención a la dulce voz de aquella mujer recitando en círculos los versos de Asunción Escribano. ¿Significa eso que hemos de dar la espalda al dolor?

No lo sé, no lo sé. Lo que no debemos dar la espalda nunca es a la poesía.

Mariana Sández vivía en el octavo primera, así que se saltó ese piso y fue directa al segundo. Llamó. Nadie abría. Llamó más. Nadie continuaba sin abrir, aunque luego pensó que esta frase no podía tener sentido. Si no había nadie, no podía continuar sin abrir, puesto que no había empezado en un primer momento, si no había nadie allí. Por tanto… Menuda mierda de lenguaje tenemos, pensó Mariana Sández.

Todavía podía oír a la mujer que que que que se parecía a Asunción Escribano recitando los poemas de Asunción Escribano. Estaba tentada de dejarlo todo y quedarse a escuchar a esa mujer. Su voz era tan hermosa. Es mucho mejor una mujer hablando de sufrimiento que una mujer sufriendo, eso está claro. Eso lo vio en ese momento. Hablar siempre nos desplaza del problema.

Mariana Sández habla con las avestruces

Mariana Sández volvió a oír el estertor agónico. Por primera vez se alegró de escucharlo, puesto que eso significaba que el avestruz seguía vivo. Ah, se maldijo, si sólo supiese de poesía y no de biología animal ahora podría estar disfrutando del poema y evitar así el estertor dulce del avestruz. No era justo. La poesía nos eleva, se dio cuenta en ese instante, y entonces puedes mandar a la mierda al mundo que hay debajo y sus estúpidas consecuencias. Sí, que sucedan por debajo con total indiferencia.

El mundo se estaba quedando huérfano de verdadera poesía y todo por culpa de tanta realidad, tanta, que hasta puedes oír a la perfección los estertores de un avestruz.

No, no, nunca. No iba a dejar que la poesía la distrajese de la verdad. Encontraría a esa avestruz y luego ya pensaría lo que haría a continuación.

Aun así, ella volvió a llamar. Nada. Una vez más. Tampoco. Otra. ¡Que no hay nadie, Mariana Sández, para! Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Gracias a Dios, pues si siempre huyese de sus problemas a las primeras de cambio no existirían ni mecánicas ni ingenierías ni siquiera poemas con las que superar nuestros tontos impedimentos. Acaso la poesía no es la ingeniería de pasar dos veces por la misma piedra sin que ocurra idéntico resultado.

¡Venga ya!

– Perdón, señorita, no hay nadie -dijo a su espalda una mujer.

Mariana Sández se giró y vio Maite Rico en un albornoz azul comiéndose una manzana. El simbolismo de la manzana podría indicar que Maite Rico era una persona despreocupada, atrevida, que siempre hacía lo que le venía en gana sin pedir nunca permiso ni perdón. Pero qué va, a Maite Rico el simbolismo de la manzana le importaba una mierda, y escupió un trozo desagradable al suelo.

– Dios, usted es Maite Rico -afirmó asombrada Mariana Sández.

Maite Rico era una periodista de esas que cargan las palabras con verdadero sentido y más que palabras parecen bombas que te explotan en la cara. Es fascinante. Su libro «Marcos, la genial impostura» le había encantado cuando todavía iba a la universidad. Dios, ¿y era su vecina? Hay que conocer a tus vecinos, siempre, no vaya a ser que vivas codo con codo con alguien excepcional y se te pase de largo. No todo son asesinos múltiples que no lo parecen. A veces hay personas increíbles. El problema es que tampoco lo parecen. Las personas increíbles no van con capa, como Superman, y es superfácil reconocerlos. Necesitas conocerlos antes.

– Sí, la misma, ¿quieres un poco de manzana? -preguntó Maite Rico.

Aquella mujer tenía el pelo recogido en una coleta y ojeras de no haber pegado ojo toda la noche. ¿Estaría cansada por el avestruz? ¿Aquel agónico estertor había durado toda la noche? Por qué, sino, parecería Maite Rico tan cansada. Algo raro había allí, algo que tenía que averiguar.

Averiguar viene de avestruz, seguro.

– ¿Por qué no ha dormido en toda la noche, señora Rico? -preguntó Mariana Sández suspicaz.

– ¿Qué te hace pensar que no he dormido en toda la noche?

– Primero, porque tiene aspecto de cansada. Segundo, porque se le rompe la voz como si tuviese la boca seca de no beber el suficiente líquido y fumar sin parar. Tercero, porque mientras come la manzana, le tiembla un poco la mano, lo que quiere decir que el cansancio le hace mella en los nervios. Y cuarto, porque en el bolsillo de su albornoz pone: «Sólo me pongo este albornoz cuando no duerno en toda la noche».

– Vaya, me has descubierto. No sabía que era tan evidente -contestó divertida Maite Rico y volvió a dar un bocado a la manzana.

– ¿Y en ningún momento ha oído el estertor agónico de un avestruz? -preguntó Mariana Sández ansiosa.

– ¡Qué va! Lo que he oído yo eran dos emúes queriéndose demasiado, no sé si me entiendes. Y no han parado en toda la noche. Y adoro a los emúes, me encantan, son mi animal favorito, pero esto no quiere decir que los tenga que escuchar jadear durante toda la noche. Quién es el loco que deja a dos emúes en su pequeño piso de Buenos Aires y los deja copular hasta que les salten los ojos. No tiene sentido. Pero eso es lo que he oído, un arrrj y otro arrrrj poco después y, Dios, qué aguante -dijo Maite Rico.

A Mariana Sández le entró un escalofrío. ¿Te imaginas que lo que había escuchado ella como un estertor agónico de una avestruz fuera en realidad a dos emúes en un acto amoroso? ¿Te imaginas que hubiese salido escopeteada de casa en busca de dos emúes en un acto amoroso? ¿Te imaginas lo que pensaría la gente? ¿Qué clase de persona sale de casa angustiada y nerviosa en busca de un coito de emúes? Por el amor de Dios, si al principio había salido de casa sin pantalones. No, no podía ser, Maite Rico estaba equivocada. Puede que fuera la primera vez, pero estaba equivocada. Lo que había escuchado era un estertor agónico de avestruz. Seguro.

– ¡Eso es imposible! -exclamó Mariana Sández fuera de sí.

Necesitaba que fuera imposible.

– Sí, lo sé, los emúes no suelen ser tan apasionados, pero no sé, no podemos generalizar, supongo. Si no podemos generalizar con los seres humanos, por qué íbamos a hacerlo con los emúes. Las cosas son imposibles hasta que pasan y mira, esto ha pasado, los dos emúes más cachondos de este lado del mundo se han juntado en un piso de este bloque de pisos.

Mariana Sández no podía creer lo que estaba oyendo. Y es curioso, es curioso que se pudiese creer que había oído un estertor agónico de una avestruz que no había visto y no sabía dónde estaba, pero no pudiese creer lo que decía Maite Rico delante suyo. Al menos ella estaba delante suyo. La gente elige no creer ciertas cosas que te dejan helado. Joder, que es Maite Rico, por qué no iba a saber exactamente cómo sonaban dos emúes cuando hacen el amor. La periodista había visto de todo, era muy viajada, era harto probable que hubiese visto unos emúes antes.

Mariana Sández miró a los ojos a Maite Rico. Me está haciendo perder el tiempo. El conocimiento propio no es lo único que te despista de tu verdadero objetivo, también ocurre con el conocimiento de los demás. Esto es horrible. Lo que no entiendo es por qué Maite Rico querría distraerme. Quizá está compinchada con el asesino de avestruces. Sí, debe ser eso, pero no lo voy a permitir.

– Dónde la tiene. ¡Confiesa! ¡Dónde está el avestruz y quién la está estrangulando! -gritó nerviosa.

– Y dale con el avestruz. Qué crees, que esto es una reserva natural africana, Ah, ah, no. Son emúes, no avestruces -insistió Maite Rico, que estaba claro que era de las personas que no oían a ciegas a los expertos, aunque fueran expertos en avestruces.

– Ahhhhhhr… Ahhhhhhhr -oyeron perfectamente.

– ¡Lo ves! -exclamó Maite Rico, convencida de que esas voces eran de dos emúes copulando como conejos.

– Maldita loca, el timbre del emú es mucho más bajo y gutural. Nunca sonaría tan agudo y desesperado. Los emúes son así, estoicos, reservados, con el ritmo bajo y postura cansada. y normalmente ni siquiera follan -dijo Mariana Sández, sorprendida otra vez de que también supiese tanto de los emúes.

Tenía que huir, no podía caer presa de su conocimiento profundo sobre los emúes. Así que descifró que el último grito había salido del piso de arriba y volvió a correr escaleras arriba en busca de la verdad.

La razón según Mariana Sández y Maite Rico

Llegó a la novena planta y descubrió que la puerta del noveno segunda estaba abierta. ¿Por qué estaba abierta? Durante un largo minuto, se quedó petrificada frente aquel piso. ¿Por qué nos paralizan las puertas abiertas? No sabía lo que hacer. Si quería entrar para asegurarse de que allí no había un avestruz, por qué no entraba, por qué se quedaba indecisa allí fuera.

Abrió la puerta de par en par y se quedó a la espera. Nada.

No pudo evitarlo, al final decidió entrar. El pasillo era largo, con las paredes pintadas de amarillos, rojos y verdes como una serpientes de colores amenazantes y venenosos. Sin embargo, no había puertas, como si caminase por las paredes de un pozo tirado en horizontal. No tenía sentido.

– Hola -dijo, pero no recibió respuesta.

Iba lento, apoyándose, no sabía por qué, en la pared, como si un espacio sin puertas fuera un abismo y temiese caerse.

– Hola -volvió a repetir.

Nada. Si había alguien era un maleducado y no contestaba a la gente que le saludaba.

Seguía en el pasillo, todavía. Aquello no se acababa nunca. Al final se veía una luz y unos muebles. Quizá aquello era un loft con un pasillo serpentino inútil. Tenía que correr, llagar cuanto antes a aquel salón o tenía la sensación de que no llegaría nunca.

-Arrerrhj -oyó otra vez allí dentro

Sin pensarlo un segundo, empezó a correr en dirección a aquel estertor agónico. Pero mientras corría, aquella habitación parecía alejarse, como si se hubiese interrumpido la lógica del movimiento. Miró al suelo, como si estuviese en una cinta corredera, pero no lo estaba. Así que empezó a correr todavía más rápido, más rápido de lo que había corrido nunca, y al final se precipitó sobre aquella habitación lanzándose como un jugador de fútbol americano sobre una melé.

– Alto -gritó incorporándose del suelo.

Lo que vio allí le llenó de espanto. Fernando Aramburu estaba estrangulando a un avestruz con un pañuelo de seda negra enrollado en el cuello.

– Pero…

– Jódete, Maite Rico, yo tenía razón -gritó y empezó a bailar como si no hubiese mañana.

Se sintió un poco miserable al pensar estas cosas, pero lo cierto era que imaginó que lo que se encontraba en realidad eran dos emúes en el acto de copulación y por un segundo se alegró de ver a Fernando Aramburu estrangulando a un avestruz.

– ¡Qué hace aquí, señorita, lárguese! -exclamó Fernando Aramburu acongojado al verla.

– Suelta tus sucias manos de ese avestruz -gritó Mariana Sández y se abalanzó sobre el escritor quitándole el pañuelo que tenía en la mano.

– ¡Qué avestruz! -exclamó Fernando Aramburu sin entender de qué estaba pasando.

Mariana Sández arrancó de su lado al animal y lo puso detrás suyo, protegiéndolo de aquel hombre despreciable. Si la cultura india venera a la vaca, la española debería hacer lo mismo con el avestruz. Sí, aquel era un animal excepcional. Nunca había visto algo así. Cómo podía alguien querer hacerle algún daño. Debía estar muy enfermo.

– No puedo creer que Fernando Aramburu sea el culpable de estrangular a… Le admiraba, amigo, no, le adoraba, cómo puede haber intentado hacer daño a este magnífico animal -dijo Mariana Sández con los ojos neblinosos por la ira y la decepción.

– ¡Qué! Yo no soy Fernando Aramburu, me llamo Miguel Ángel Ruiz -dijo aquel hombre y Mariana Sández notó un vértigo y un desequilibrio y una inestabilidad e iba a caerse, pero se contuvo.

– ¿Miguel Ángel Ruiz? ¿El futbolista del Málaga? -preguntó acongojada.

– ¿Quién? No, Miguel Ángel Ruiz periodista de La Verdad.

Mariana Sández lo miró. Era cierto, no se parecía en nada a Fernando Aramburu, si no a un hombre de unos 50 años, con una hermosa mata de pelo cano que le caía en la frente con un juvenil flequillo. Tenía los ojos pequeños, la piel curtida y suponía que una bonita sonrisa, pero no lo sabía, porque ahora no sonreía, ahora no sonreía lo más mínimo.

– Da igual. Me da igual que no sea Fernando Aramburu. No era un miserable por ser Fernando Aramburo, era un miserable por estrangular a una pobre avestruz -gritó Mariana Sández intentando no olvidar lo importante.

– Pero de qué avestruz habla. La que tiene detrás suyo es mi mujer, que está embarazada de 30 semanas y le estaba limpiando el cuello porque le había caído un poco de leche después de una contracción por sorpresa cuando bebía que le ha hecho derramar la leche. Así que agradecería que se marchase de mi casa y dejase de decir tonterías o llamaré a la policía.

Mariana Sández se giró poco a poco y otra vez volvió a sentir un vértigo y un desequilibrio y una inestabilidad e iba a caerse, iba a caerse, esta vez sí, pero la mujer embarazada la agarró justo a tiempo.

– Gracias -dijo Mariana Sández abochornada.

¿Acababa de decir gracias a un avestruz? No, claro que no, lo había hecho a una mujer embarazada. Seguramente tendría un nombre, no era sólo una mujer embarazada, pero Mariana Sández no estaba ahora para preguntar y no cosificar a la mujer como simple animal reproductor.

A la mierda esa mujer. ¿Dónde estaba su avestruz? Había oído el grito, venía desde esa casa. Bueno, Mariana, pensó, al menos has acertado en que estaba embarazada. Miró aquella mujer. Sí, tenía una enorme barriga y un cuello largo. Quizá con plumas se parecería a un avestruz al revés. La confusión era lógica.

– ¡Largo de aquí! -dijo Miguel Ángel Ruiz, todavía un poco confuso de que una mujer hubiese interrumpido de repente en su casa acusándole de estrangular a un avestruz.

Nuestros conocimientos son curiosos. A veces marcan tanto nuestro marco de referencias que adaptamos la realidad a sus parámetros en lugar de hacer lo contrario. Mariana Sández, convencida de que buscaba a un avestruz, vio a un avestruz y de allí juzgó lo que veía. ¿Aquella mujer se parecía a un avestruz? No. No existen las mujeres que se parecen a un avestruz, es fisiológicamente imposible. ¿Por qué vio también a Fernando Aramburu? Eso ya no lo sé, aunque hay hombres que se parecen a Fernando Aramburu, eso no es tan imposible como que una mujer se parezca a un avestruz. Quizá también sabía mucho de Fernando Aramburu. Lo cierto es que era uno de sus escritores favoritos. Hay gente que ve a sus personas favoritas por todas partes. Tiene tantas ganas de verlos que la sugestión los presenta en cualquier lugar, sobre todo si están lejos. Luego te acercas y no, está claro que no son ellos, pero y qué.

– Dios, me voy, me voy. Lo siento mucho. No quería molestar. Esta mañana he creído oír el estertor agónico de un avestruz y me he asustado mucho. He empezado a correr por el edificio intentando salvar al animal y al final he llegado hasta aquí. No lo sé. Lo cierto es que yo no sé nada de avestruces, pero estaba segura de que alguien estaba haciendo daño a una avestruz embarazada. Un grito y he creído que sabía todo lo que hay que saber de los avestruces. Estúpida. Lo siento. He visto la puerta abierta de su piso, he oído el grito de su mujer cuando debe haberse derramado la leche encima y no sé, he creído… Perdón, me voy, me voy -dijo Mariana Sández y se marchó avergonzada.

Miguel Ángel Ruiz iba a decirle que esperase, que se quedase a tomar algo, que no se marchase así, pero su mujer tuvo otra contracción y se olvidó de aquella extraña mujer.

– Arrrrj -exclamó la mujer inclinándose por el dolor y Miguel Ángel Ruiz empezó a recogerlo todo para irse corriendo al hospital.

Al llegar a su piso, Mariana Sández cerró la puerta con llave y se fue a la cama. No pensaba levantarse en todo el día. Estaba deprimida. El conocimiento a veces es mucho peor que la ignorancia, estaba claro y es muy deprimente llegar a una conclusión como ésta.

– Arrrrrj -oyó otra vez, pero Mariana Sández sólo se puso la almohada encima de la cabeza e intentó quedarse dormida.

Lo consiguió.

Cerca de allí, en el noveno cuarta, un avestruz yacía muerta después de que un hombre la estrangulase fatalmente con un pañuelo negro. Ojalá alguien hubiese llegado a tiempo a salvarla.

Duerme, Mariana Sández, duerme, no es culpa tuya.

Fin

Mariana Sández: "Una casa llena de gente"
Portada de «Una casa llena de gente»

Mariana Sández es una escritora y editora argentina nacida en Buenos Aires en 1973. En 2019 publicaba la excelente «Una casa llena de gente», novela que acaba de recuperar la editorial Impedimenta. En ella, Sández demuestra, con una narrativa punzante, pero sutil, lo que se esconde en una casa familiar y dentro de las personas que la ocupan. Porque a veces no hace falta saberlo todo de las personas que queremos.

Publicado por carlossalasoler

Uno de esos que sabe que cuando escribe: "La marquesa salió a las cinco", quizá la marquesa no salió a las cinco, quizá eran las seis o ni siquiera era marquesa. La escritura siempre es una aproximación a la verdad, nunca es la verdad.

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